CARTA DE UN NÁUFRAGO, PERO MENOS, MUCHO MENOS…
Bien, cariño. Lo primero que quiero
hacer es felicitarte. Decirte que te quiero. Que en esta isla lo que más sobra
y lo único que alimenta los sueños es el tiempo; tiempo para volver la vista
atrás, para hacer recuento de cada segundo pasado a tu lado, para saberte
siempre ahí, siempre, para mirarme en ese azul cálido y profundo de tus ojos,
con el que ni siquiera rivaliza este mar en el que hemos crecido y visto tantas
cosas; tiempo para recordar que somos más que uno, que somos cinco y somos
fuertes, que el infinito nos pertenece desde ese día en que decidimos que era
nuestro; tiempo para darte las gracias por todo y por ellos, por tu paciencia
sin límites, por tu comprensión, por tu fuerza y por esa generosidad llevada al
límite de la propia renuncia; tiempo para decirte que eres más que mi mujer,
mucho más que mi mujer, que te amo con la convicción y la conciencia de
reconocerme tan afortunado como el que más de entre mis iguales, que sin ti
nada habría sido igual ni tan extraordinario; tiempo para pedirte perdón por
muchas cosas, por no haber estado a la altura en tantas y tantas ocasiones,
para pedirte perdón por no ser y estar cuando se me requería justamente, pero,
sobre todo, tiempo para pedirte perdón desde lo más profundo de mi corazón por
haber olvidado quién y quiénes lo ocupaban por entero, por no haber gritado tu
nombre y no haberme aferrado a la única tabla de salvación capaz de permitirme
volver –perdido, roto y magullado- a la orilla de tus brazos.
Sí, Juana, lamento haber olvidado
alguna promesa esencial, ser tan débil en contraste con tu fortaleza, el daño
causado por mi torpeza, y muchas, muchísimas cosas más que son inexcusables y
para las que no tengo respuesta; lamento haber sembrado en tus labios semillas negras
e impropias; y lamento haber mudado los sueños más hermosos en noches insomnes
o en oscuras pesadillas. Lo lamento mucho, amor mío.
Así que hoy, rendido ante ti, te
juro, ahora que no nos lee nadie, que no ha habido ni un día, escúchame bien,
ni uno, sin la certeza de saberme el más afortunado de los hombres, sin que tú
y nuestros hijos estuvierais ahí, conmigo, y sin que haya dado gracias una y
otra vez a la fortuna de tenerte conmigo en cada instante.
Y algo más… Desde esta isla que une
Alborán con el Levante, lanzo al mar estas líneas sin recipiente o envase
alguno que las proteja porque sé que están hechas de un material indestructible
y sólo arribarán al puerto seguro de tus manos, cuando los vientos cálidos de
este mar familiar que nos cobija tenga a bien y lo disponga. Será mi suerte,
como lo es la de tenerte y amarte como ayer, como hoy y como siempre.
Juana María, felicidades, amor mío,
aunque ayer, noche de San Juan, no fuera yo tu Príncipe y tuviera que aguardar
a que acabase la ficción para volver a tus brazos y sentirte a mi lado, tan
real y tan dispuesta hacia los sueños como mereces. En la próxima te espero y
ya te digo que no quedes más que conmigo, que nos queda el infinito y no es un
verso suelto… Es una promesa de justo, querido y obligado cumplimiento.
TE QUIERO
Fdo: Jesús Martínez Gómez