domingo, 19 de julio de 2009
Mil gracias y hasta siempre, amigos.
Pues sí. He de decir que cuando arribé por primera vez a esta isla, allá por el mes de febrero, desconocía hasta qué punto iba a ser éste un año de emociones tan fuertes, de vivencias tan extraordinarias, de reconocimientos tan especiales como la distinción de honor, otorgada por el Excmo. Ayuntamiento de Huércal Overa, mi pueblo, y que me sería entregada el día 28 de febrero, día de Andalucía, junto a otros ilustres vecinos, en una entrañable ceremonia celebrada en el elegante marco del Teatro Rafael Alberti. También, un año de desgarros y ausencias imposibles de reparar, de pérdidas tan dolorosas como las de Vicente, mi suegro, o Paco Bernal, mucho más que un amigo. Nunca podré olvidarlos, porque son dos de las personas más buenas y bondadosas que haya conocido jamás. Y, por ello, tanto a uno como a otro siempre les tendré reservado un lugar muy especial en mi corazón y en mi memoria.
Tampoco sabía entonces que después de casi veinte años se iba a producir un cambio en el terreno laboral, del que aún ignoro la repercusión que tendrá en mi vida a partir de este curso académico, pero que, sin duda, va a suponerme una transformación de dimensiones desconocidas al dejar atrás no sólo el trabajo, sino amigos, compañeros, conocidos y, sobre todo, a varias generaciones de alumnos de Lorca, a los que siempre recordaré por lo mucho que me han enseñado en estos años y por un cariño indisimulado que hemos compartido en las aulas, en los viajes y en la calle. A todos ellos, a los compañeros de los demás IES de Lorca, a la Concejalía de Cultura de la Corporación lorquina, con la que he tenido la suerte de colaborar en tantas ocasiones, a los cientos de correctores del María Agustina, a los compañeros del CPR y a personas de otros ámbitos que con el tiempo han ido instalándose lentamente en mi interior... A todos ellos, gracias.
Y a mi compañero de Batarro, a mi amigo Pedro Felipe Sánchez Granados, quien después de años y años al frente del IES Ibáñez Martín, dice adiós al magisterio, pero no al trabajo, pues si bien es cierto que se jubila no lo es menos que, a partir de ahora, podremos disfrutar con más frecuencia de la calidad de una obra literaria que aún dará inestimables frutos.
Gracias, también, y dobles, a mis compañeros del Dpto. de Lengua, no ya por la comida de despedida, sino por la inesperada y hermosa sorpresa que me ofrecisteis. Y gracias a mis colegas del Príncipe de Asturias, a mis amigos, a mis amigos y cómplices de tantas cosas, por la cena homenaje, por una velada inolvidable en todos los sentidos. Fue una gozada, un lujo compartido con las vivencias y los recuerdos que alimentan los secretos de una amistad perdurable.
Así que, más instalado en mi isla que nunca, recordarles a mis amigos que el Mar Menor y el de Alborán están uno a continuación del otro, y que algunos estamos acostumbrados a vivir en la frontera, que nos gusta el mestizaje y que lo único que tememos perder es la memoria. Nos vemos. Nos seguimos viendo.
Un abrazo desde esta isla hospitalaria y de este náufrago tan bien acompañado en la distancia.
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